Los perros del cansancio
No todo lo que nos hunde quiere matarnos
Matar al primer perro le permitió respirar.
Durante semanas creyó que los perros habían llegado para matarlo. Tardó demasiado en comprender que no habían venido para eso.
El primero apareció un martes. No había entrado por ninguna parte, no le oyó arañar la puerta, no dejó barro en el felpudo ni una huella húmeda sobre el parqué del pasillo: simplemente estaba allí, sentado sobre su pecho cuando abrió los ojos, con todo su peso muerto repartido sobre las costillas y la cabeza inclinada hacia él, observándole. Era negro, grande, con el pelo apelmazado. No pudo averiguar la raza, pero tenía las encías grises. Olía a perro mojado y a barro viejo, pero no le resultaba extraño. Al contrario, le resultaba familiar. No ladró ni una sola vez, ni siquiera gruñó; solo lo miró con unos ojos demasiado húmedos, demasiado quietos —casi humanos— y entendió sin palabras que el animal ya sabía cómo iba a terminar todo aquello.
Intentó incorporarse pero el perro no se movió, solo dejó caer un poco más de peso, despacio, hasta que cada respiración se volvió una negociación miserable contra su cuerpo. Cuando por fin logró quitárselo de encima, sudado, con la camiseta pegada al vientre y las costillas doloridas, vio que había otro perro atravesado en la puerta del dormitorio —dormido con la barriga aplastada contra el suelo— y un tercero lamiendo sus zapatillas junto a la cama.
No llamó a nadie. ¿Qué iba a decir?
Los días siguientes dejaron de ser días y se convirtieron en habitaciones repetidas: la persiana abajo y el móvil boca abajo sobre la mesilla con una llamada perdida de su hermana que no devolvió, los platos en el fregadero cubiertos por una costra de moho que ya no olía a comida y la colada seca y olvidada en el tendedero del salón, tiesa como cartón, con las mangas de las camisas endurecidas en una postura absurda.
Cuando intentaba ducharse, uno le mordía la pantorrilla; no pretendía hacerlo sangrar, solo apretar lo justo para recordarle que estaba ahí. Cuando se acercaba a la ventana, otro le hundía las uñas en el antebrazo y tiraba hacia abajo, hacia el sofá, hacia el suelo, hacia la esquina tibia donde uno se queda cuando ya no sabe si descansa o se está rindiendo. Cuando cogía el teléfono para escribir algo —normalmente un estoy bien, o un ya te llamaré—, el más viejo, el de las encías grises, se le subía encima y apoyaba la cabeza sobre la mano, todo su cráneo tibio y pesado sobre los nudillos, hasta que los dedos dejaban de obedecer y el mensaje se quedaba sin enviar.
No le hacían daño: lo cuidaban; lo mantenían tumbado, callado, tibio, disponible… como si su cuerpo fuera una casa que había que conservar cerrada para que nada saliera de ella.
La vecina del cuarto subió un jueves con una bandeja cubierta por papel de aluminio y esa cara que pone la gente cuando ha decidido que necesitas ayuda. Él abrió la puerta solo medio palmo. Ella miró por la rendija y vio lo que se ve: un hombre con los antebrazos llenos de arañazos, la pantorrilla amoratada, ojeras de mes y medio, el pasillo a oscuras a su espalda y un olor agrio escapándose hacia el rellano de la escalera.
—Tienes que ayudarte tú también —dijo—. Salir un poco… abrir las ventanas… poner algo de tu parte.
Detrás de ella, en el rellano, había un perro enorme. El más grande que él había visto hasta entonces. Le llegaba a la mujer por la cintura y movía la cola muy despacio, barriendo el felpudo, mirándolo con la paciencia insultante de los animales que saben esperar.
—Ahí detrás —dijo, con la voz rota de no usarla—. ¿No lo ves?
Ella se giró. Miró el rellano vacío, la escalera vacía, el ascensor parado en la planta baja y, al volver a mirarlo, algo se le apagó dentro: la ayuda se le convirtió en lástima y la lástima en distancia.
—No hay nada —dijo retrocediendo—. No hay nada, de verdad. Tienes que salir y buscar ayuda.
Bajó las escaleras con la bandeja aún entre las manos. El perro grande se quedó junto a la puerta, mirándolo. Cuando ella desapareció, el animal entró en el piso pasando junto a él, le rozó la mano con el lomo y fue a tumbarse en el centro del salón con un suspiro largo, como si acabara de adueñarse de la casa.
Esa noche eran cuatro.
Lo hizo de madrugada, sin decidirlo del todo. Llevaba horas en el suelo de la cocina porque uno de ellos no lo dejaba pasar al dormitorio, sentado entre las baldosas frías, con la espalda contra los armarios bajos y los restos de una cena de la semana pasada oliendo desde el fregadero. Algo pasó: se cansó. Abrió el cajón a tientas y agarró lo primero que pesaba: una sartén de hierro, con el mango negro, la misma con la que antes hacía tortillas cuando todavía existían para él cosas como el hambre, los horarios y las cenas.
Fue torpe, largo, vergonzoso. El perro no se defendió como un monstruo, sino que intentaba huir, como un animal que no entiende por qué su dueño lo está matando. Le buscaba la cara con los ojos mientras él golpeaba. Se le escapaba, volvía, se quedaba quieto un instante como ofreciéndose y luego se revolvía con un gemido ronco, lleno de aire y de saliva. Volcaron una silla. Reventó un vaso. Con una de las patas le arañó la cara. La sangre era negra, casi sin rojo, y olía a podrido. Olía a algo que llevaba mucho tiempo guardado sin ventilarse.
Cuando el perro dejó de moverse, se quedó arrodillado sobre el charco de sangre, temblando, con la sartén aún en la mano y los dedos pegajosos, esperando sentirse horrorizado.
Pero el horror no llegó.
Llegó el oxígeno. De golpe, hasta el fondo de los pulmones, como si alguien le hubiera quitado una pesada piedra del pecho después de meses. Se levantó. Las piernas le respondían. Fue caminando hasta el cuarto de baño, quitándose la ropa y sintiéndose cada vez más ligero. Abrió el grifo y el agua le golpeó ruidosa, viva y casi insoportable. Se duchó con agua tan caliente que le quemaba mientras los perros le observaban, sin morderle las pantorrillas esta vez. Comió con el agua todavía bajándole por la espalda, frente a la nevera abierta, con un hambre que no recordaba desde hacía semanas. Luego se tumbó en la cama y lloró. Y por primera vez no se sintió peor… lloraba de alivio.
Mató al segundo dos noches después. Fue mucho más fácil. El tercero cayó a la semana, casi sin pelea. Con cada uno que mató volvía algo. Volvió el sueño, profundo, de un tirón hasta el amanecer, sin despertar a las cuatro con la boca seca y la certeza de haber sido enterrado vivo en su propia cama. Volvió la fuerza en los brazos. Volvió el deseo, repentino y violento, después de meses de cuerpo apagado. Volvió la rabia útil, la que mueve, la que ordena la casa a las seis de la mañana con una energía que rozaba lo obsceno. Volvió la memoria, los nombres, las ganas de salir. Bajó a la calle. Le sonrió a la cajera del supermercado y ella le devolvió la sonrisa sin recelo. Llamó a su hermana, habló veinte minutos con ella y se rio dos veces de verdad.
—Te noto mejor —dijo ella—. Eres otra vez tú.
Después de colgar, se quedó mirando el móvil apagado en la mano. Había estado bien: había preguntado por sus hijos, por el trabajo, por una cita médica que recordaba haber olvidado durante meses… había reído en los sitios adecuados y todo parecía haber encajado. Sin embargo, al dejar el teléfono sobre la mesa, no sintió alivio sino una precisión nueva y desagradable: había sabido qué gesto poner en cada momento y la voz de su hermana había respondido justo donde tenía que responder.
Era fácil llamarlo mejora. Demasiado fácil. Cada perro muerto era un escalón hacia arriba, hacia la luz, hacia el hombre que había sido o hacia una versión más limpia de aquel hombre, una sin olor a cuarto cerrado ni saliva en las pantorrillas. Cada noche dormía en una casa más ligera, sin pelo negro en la almohada, sin jadeos al otro lado de la puerta, sin ese olor a perrera que se había pegado a las cortinas.
Empezó a disfrutar demasiado del silencio de la casa sin tantos perros. A quedarse quieto en mitad del salón, con la cabeza ladeada, escuchando la ausencia como quien escucha una respiración al otro lado de una pared.
Una tarde se encontró en el descansillo, con las llaves en la mano y la puerta abierta a su espalda, sin recordar cuándo había salido. Tenía los dedos apretados sobre el metal tan fuerte que se estaba haciendo daño. Echaba de menos, casi con ansia, la sensación que le había quedado después de matar a cada uno de sus perros: esa lucidez fría, esa limpieza por dentro, como si cada muerte no le hubiera quitado una carga, sino que hubiera abierto una cerradura.
La primera vez que pensó en una persona fue en el supermercado. La cajera le rozó los dedos al devolverle el cambio y él sintió, con una limpieza casi agradable, que si apretaba aquella mano hasta oír algo romperse el mundo quedaría un poco más ordenado. Soltó las monedas, se apartó y dio unas gracias apresuradas. Luego salió a la calle con la compra contra el pecho y el sudor enfriándosele bajo la camisa.
Quedaba uno.
El último de los perros era el más viejo, el de las encías grises. Fue el primero, el que le había apoyado la cabeza sobre la mano para que no escribiera, el que había dormido sobre su pecho durante días. No huyó. Lo esperó en el centro del salón, sentado, con la cola quieta y la cabeza levemente inclinada. Por un momento —solo un momento— le pareció que al animal no le daba miedo morir; le daba miedo lo que pasaría cuando ya no estuviera allí.
Lo mató igual.
Cuando terminó, la casa quedó perfecta: sin olor, sin dolor en las costillas y sin un solo pelo negro. El silencio era absoluto, justo lo que había estado anhelando durante semanas.
Entonces algo se movió en él, en algún punto profundo que no habría sabido señalar, algo que llevaba mucho tiempo tumbado y que ahora, sin los perros encima, se incorporaba sin prisa, estirándose en la oscuridad con un bostezo que le abrió el esternón desde dentro.
Se acercó a la puerta y la abrió de par en par. La luz del rellano le dio en la cara y le sentó bien, le sentó de maravilla. La vecina del cuarto subía las escaleras con la compra. Lo vio en el umbral y se alegró por él.
—Qué bien te veo —dijo—. ¿Ves como al final era cuestión de levantarse?
Él sonrió. Fue una sonrisa demasiado grande.
Los perros no habían venido a hundirlo.
Habían venido a sujetar la puerta.



Hacía tiempo que no me encontraba con tus letras. Me gustó leer lo que compartes.